Recordatorio de María Patrocinio, madre de Mariano Alonso

•abril 3, 2009 • Deja un comentario

Me ha dicho Mariano que os muestre su agradecimiento

 

 

Os mando el recordatorio que di a los que estuvieron en misa

 
 

María Patrocinio Alonso Camarero

Peregrinó 104 años en este mundo

Nació en Castroceniza el 12 de Agoto de 1904

Vivió en Quintanilla del Coco

Partió al Padre el 1 de Abril de 2009 en Burgos

 
 

HABLÓ DEL MORIR MURIENDO.

hABLO DEL CIELO ESPERANDO.

HABLO DEL DOLOR SUFRIENDO

HABLO DE DIOS AMANDO 

SE ENCAMINO SOSEGADA

A LA PASCUA DE LA GLORIA

ENSEÑÓ A MUCHOS EL CAMINO.

DIOS BENDIGA SU MEMORIA 

 
 

 
 

Sus hijos os agradecen vuestra presencia, las muestras de cariño y las oraciones con que nos acompañáis

 

Documento de la Asamblea de la Asociación de Sacerdotes del Prado. Agosto 2008

•septiembre 12, 2008 • Deja un comentario

203

 

«EVANGELIZAR A LOS POBRES, FUENTE DE ALEGRÍA Y ESPERANZA»

 

INTRODUCCIÓN

 

[1] La Asamblea del 2008 pretende que el conjunto del Prado de España viva la experiencia espiritual de que la evangelización de los pobres es fuente de gozo y esperanza.

El itinerario realizado durante este curso nos ha introducido en la experiencia misma del Pueblo de Dios, desde estas cinco referencias:

  1. Del pequeño resto al pequeño rebaño. La experiencia humana de «resto nos revela que Dios actúa creando siempre algo nuevo, partiendo de lo insignificante».
  2. Mirad quiénes habéis sido llamados (1 Cor 1,26). La acción de Dios viene por caminos desconcertantes eligiendo lo que no cuenta.
  3. El «hoy» de Dios (Lc 2,11; 19,9; 23,43). Dios entra por caminos no previstos. La fe nos revela la contemporaneidad de Dios en Jesucristo resucitado, haciendo realidad la vida y la salvación en el mundo.
  4. Cristo ha triunfado y nos introduce en el futuro de Dios. La Liturgia celeste del Apocalipsis es el horizonte de alegría y esperanza para la comunidad perseguida y necesitada de conversión.
  5. En la travesía de la historia, vamos en la misma barca del mundo (Hch 27-28). La experiencia de Pablo «camino de Roma» es el icono de la vocación del apóstol, llamado a ser testigo del Resucitado y a sostener la esperanza.

[2] Somos testigos de cómo el Evangelio transforma la vida de los pobres y les hace capaces de anunciarlo. Es verdad: «A su lado alimentamos nuestra esperanza con los signos del Espíritu que percibimos en su vida. Con ellos queremos compartir el Evangelio» (Const. 44). Esta es la gran convicción de fe: Cristo hoy está realizando la salvación.

Encontramos alegría y esperanza en las pequeñas realidades de nuestra acción pastoral. Al mismo tiempo nos sentimos perplejos frente a los nuevos retos que encontramos en este momento histórico que nos ha tocado vivir. En esta situación cambiante experimentamos, de modo nuevo, la dificultad inherente a la evangelización. Una mirada gozosa y esperanzada deja entrever el contraluz de la preocupación, la angustia y el sufrimiento, al comprobar la respuesta tibia y reacia al Evangelio anunciado y a la Iglesia, como Sacramento de Jesucristo Salvador. Por otra parte sigue vigente en nuestro imaginario colectivo la nostalgia de otros tiempos, los ecos de la cristiandad, que decimos superada, pero que continúa.

[3] Las dificultades, resistencias y el mismo rechazo a la misión evangelizadora contempladas desde el triunfo de Cristo resucitado, nos desvelan que la Iglesia, encarnada en el mundo, está comprometida en hacer con él un camino de reconciliación, de fraternidad, de liberación y, finalmente, de salvación; un camino de alegría y esperanza en medio de dificultades, crisis y debilidades.

[4].Esta mirada nos invita a profundizar en la alegría y esperanza que estamos llamados a vivir y anunciar, de modo que la Asamblea sea un impulso, un foco de luz que ilumine nuestro camino en los próximos cinco años: «Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros» (1 Tes 5,16-18).

Para entrar en la comprensión teologal de la alegría y de la esperanza necesitamos ir a las fuentes, en vez de centrarnos en nosotros mismos y en nuestro estado de ánimo: esto nos permitirá pasar de nuestras alegrías a la alegría que viene de Dios y que es fruto del Espíritu (Gal 5,22). Necesitamos igualmente, como Prado de España, asumir las situaciones de pobreza en su contexto y afrontar las nuevas situaciones de evangelización que se nos presentan.

 

I. LA ALEGRÍA Y ESPERANZA DEL DISCÍPULO

¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! (Lc 1,45).

«Ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada» (Jn 15,13).

 

1 La alegría y la esperanza del discípulo tienen su fundamento en la Trinidad.

[5] Benedicto XVI nos recuerda que la esperanza no tiene su fuente en nosotros mismos, sino en Dios, nuestra esperanza: «Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Dios es el fundamento de la esperanza… el Dios con rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo… Su Reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza» (Spe Salvi 31).

 

La alegría del Padre

[6] Nuestra alegría de discípulos tiene su raíz en la alegría del Padre, que sale a buscar lo perdido y celebra el regreso del hijo, convocando a todos al banquete y a la fiesta. El Padre asocia a todos a su alegría: a los ángeles, al hijo mayor «alegraos conmigo… convenía celebrar una fiesta y alegrarse» (Lc 15,6.10.32). Hoy estamos invitados a entrar en la alegría de Dios.

Dios Padre no cesa de llevar a cabo su proyecto de amor y plena realización para toda la humanidad. Esta es la esperanza que llena de alegría a cuantos padecen las consecuencias del mal (cf. Rom 12,12).

Estamos llamados a compartir esta alegría del Padre que reúne en torno suyo a cuantos padecen el abandono, la marginación, las consecuencias del mal y la falta de amor, multitud de hombres y mujeres que son hoy: los pastores (Lc 2,11), el paralítico (Lc 5,26), el publicano Zaqueo (Lc 19,9) y el criminal crucificado y arrepentido (Lc 23,43).

 

La alegría del Hijo

[7] El Hijo comparte la iniciativa y la alegría del Padre en la búsqueda de la oveja y moneda perdidas y del hijo perdido (Lc 15). Es la alegría de la misión, aunque no siempre el Hijo vea los resultados de su búsqueda y su tarea (Lc 4,16-30).

La fuente de la alegría está en la contemplación de la acción del Padre en el Hijo y en el mundo. El Hijo ve la acción del Padre, se suma y colabora gozosamente a su obra e invita a compartir su alegría, como una oportunidad única: «¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron» (Mt 13,16-17).

La colaboración del Hijo en la obra del Padre implica un descentramiento radical de quien vive la misión desde el deseo y la voluntad del Padre y no desde sus propios proyectos y deseos, pues ha bajado del cielo, no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado (Jn 6,38), hasta abrazar la cruz «con alegría y amor» (VD 332).

[8] El discípulo se identifica con la experiencia gozosa y amorosa del Hijo entregado: «Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros» (Flp 2,17). El Hijo entregado es la fuente de la alegría y esperanza del discípulo, también en medio de la oscuridad: «¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,  aunque es de noche!» (San Juan de la Cruz).

 

La alegría del Espíritu

[9] La alegría es fruto del Espíritu (Gal 5,22), que nos asocia a la alegría del Padre y del Hijo. El Espíritu llena de gozo al Hijo porque el Padre se revela a los pobres y sencillos (Lc 10,21-23). A nosotros nos hace partícipes de esa misma alegría porque él nos introduce en el conocimiento del Padre y del Hijo: «El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26).

El Espíritu lo hace todo nuevo (Ap 21,5); nos precede en su acción creadora y definitiva, en el alumbramiento de un mundo nuevo. Él forma a Cristo en la comunidad, sirve a la reconciliación de Dios con la humanidad y garantiza a los discípulos permanecer fieles en medio de las pruebas (Rom 8,26-39).

[10] El Espíritu hace a los discípulos partícipes de la alegría del Padre y del Hijo. La alegría de la misión permanece tanto en los momentos de éxito como de fracaso (cf. Jn 16,22). Para el discípulo es fuente de alegría y esperanza la colaboración con el Espíritu en el advenimiento del reino definitivo, el reino de verdad, de justicia y de paz. El Espíritu Santo es el don supremo de un Dios que se entrega sin cesar en el acontecimiento histórico de la Iglesia, misterio de comunión.

 

2 La Palabra, la Eucaristía y el ministerio apostólico

[11] El anuncio de la Palabra, la celebración de la Eucaristía y la presencia del ministerio apostólico, como dones del Espíritu Santo, constituyen la Iglesia de Dios en un lugar. El discípulo encuentra y alimenta su gozosa esperanza en la mesa de la Palabra y del Pan de vida y en el don recibido en la ordenación presbiteral (cf. Lc 24,13-35; DV 21; CD 11).

 

La Palabra

«En tu Palabra está la alegría…» (Oración del Padre Chevrier, VD 108).

[12] El discípulo, acompañado por el Espíritu, escucha al Maestro, trata de seguir sus pasos y encuentra su alegría en poner en práctica su palabra: «Está feliz de recibirle y darle el sitio de honor; le escucha feliz deseando sólo una cosa: comprender lo que dice y ponerlo en práctica» (VD 125).

La Palabra de Dios es el alimento que da la plenitud de la vida; el verdadero discípulo sacia en ella su hambre más profunda y se llena de gozo y de vitalidad (cf. Mt 4,4). Es su alimento y su anhelo: Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón (Jr 15,16). Ezequiel, bajo la imagen de comer el libro, expresa cómo la Palabra de Dios alimenta al profeta… es «dulce como la miel» (Ez 3,3). La Palabra enfrenta al discípulo con la palabrería del mundo (Ap 10,8-11), contrapuesta a la cruz de Jesucristo (cf. 1 Cor 1,18; Jn 8,43-47).

El discípulo alimenta su alegría en el conocimiento de Jesucristo, Palabra del Padre. Indaga y se deja transformar por ella: «Cada mañana me espabila el oído para que escuche como los discípulos…» (Is 50,4). Y asume con gozo este conocimiento que le acerca, transforma e identifica con Cristo, su Maestro.

 

La Eucaristía, anticipo de la alegría plena (Ap 3,20)

[13] El discípulo experimenta la alegría de la invitación y participación en la mesa eucarística, que es presentada como banquete de bodas (Lc 14,15-24; Ap 21,1-5), donde se celebra y hace presente el gozo, la entrega y el amor (el
agapé) de Dios. Un amor hasta el extremo y hasta dar la vida en la gratuidad y en la donación plena y total (Jn 13,1; 15,13).

En la Eucaristía, el Espíritu Santo actualiza el sacrificio de reconciliación de toda la humanidad en Cristo; crea fraternidad y comunión frente a las divisiones e injusticias, fruto del pecado; nos transforma en ofrenda permanente y colma la esperanza de los pobres.

[14] Para el discípulo, Jesucristo resucitado es alimento, pan vivo y compartido que hace posible la novedad de la vida comunitaria y de la comunión con los pobres: «Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común… Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan en las casas con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,44-47; 4,32-35).

Gracias a la Eucaristía, el discípulo puede vivir alegre y confiado, y así afrontar con esperanza el combate de la fe, ante la increencia y la tentación de dar la espalda al Maestro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69).

 

El ministerio apostólico

[15] El presbítero discípulo ha recibido el gozo de la llamada del Maestro a estar con él y ser enviado por él (cf. Mc 1,17; 3,13-14) constituye su identidad como «siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios» (Rom 1,1). Vive el gozo de apacentar la Iglesia de Dios adquirida con la sangre de su Hijo (cf. Hch 20,28) y el ministerio (diaconía) de edificar el cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12).

El don del Espíritu recibido en la ordenación «nos configura con Cristo Sacerdote para hacernos capaces de obrar como en persona de Cristo Cabeza, nos urge a vivir nuestro ministerio como verdaderos discípulos de Jesucristo al servicio de los pobres» (Const. 7).

[16] La identidad del presbítero viene definida no tanto por las tareas, cuanto por la gracia recibida en la ordenación. Realiza, pues, su misión, visibilizando la visita de Dios en Jesucristo, recreándola en las situaciones nuevas (jubilación, enfermedad, vejez, etc.). La alegría de ser testigo de este don le mantiene siempre viva la esperanza como ministro.

 

3 El encuentro con los pobres

[17] El verdadero discípulo de Jesús encuentra la alegría y la esperanza al compartir la vida de los pobres, al abrazar sus condiciones de vida por amor y descubrir que son los preferidos de Jesucristo, que «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9; Const. 44).

Esta mirada teologal sobre los pobres alegra el corazón del discípulo y mantiene viva y fuerte su fe y confianza en el proyecto del Padre (cf. 1 Cor 1,26-31), nos permite vislumbrar la fecundidad que va más allá del éxito humano y de los resultados (cf. Lc 10,21-22).

[18] En el encuentro con los pobres descubrimos con esperanza que la semilla del Reino va echando raíces en su corazón, incluso en grupos y personas donde no cabría esperar posibilidades de acogida y de respuesta. El Espíritu nos sorprende siempre con el trabajo que realiza en los pequeños y sencillos, que resulta ser Buena Noticia para nosotros.

Los presbíteros pradosianos nos sentimos llamados a crecer en la experiencia de fe. En medio de nuestros miedos y resistencias, experimentamos, sin embargo, el gozo y la esperanza. Como discípulos de Jesús, queremos perseverar en la escucha de su Palabra y en la Eucaristía, para llegar, así, a hacernos buen pan para los pobres.

 

PROPUESTAS

P.I.1. Nuestra alegría y esperanza tiene su fuente en la alegría de Dios, que es comunión trinitaria, que está actuando en la historia, en la realidad del mundo. Esto nos lleva a:

  • Salir con el Padre a buscar a los perdidos o alejados de la comunidad, de la casa paterna, para que puedan sentarse de nuevo en el banquete del Padre.
  • Colaborar, como el Hijo, en la realización del designio salvador del Padre y vivir dispuestos a hacer su voluntad, que no quiere que se pierda ninguno de los más pobres y pequeños (Mt 18,14).
  • Discernir en los equipos del Prado, a la luz del Espíritu, dónde se encuentra la fuente de nuestra alegría y esperanza: En la misma alegría de Dios derramada con gratuidad y abundancia sobre nosotros; en los éxitos de algunas acciones pastorales; en la acogida y aprecio que encontramos en la gente; en una vida coherente con las opciones y compromisos que un día asumimos.

 

P.I.2. La tarea del discípulo está en servir a la fecundidad de Dios, que no siempre se manifiesta de inmediato. Cultivar en el equipo y en nuestras tareas la paciencia, la gratuidad y la esperanza de ser sacramento de la visita de Dios, también en la noche.

 

P.I.3. La alegría es fruto del Espíritu recibido, que nos asocia a la alegría del Padre y del Hijo, se alimenta en la Palabra, en la Eucaristía y en el encuentro con los pobres. Por ello se nos invita a:

  • Cuidar la mirada teologal para descubrir la alegría de Dios en los acontecimientos vividos.
  • Agradecer y celebrar los gestos de liberación, fraternidad y de fiesta que realizan los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
  • Descubrir los signos de la alegría de Dios en los acontecimientos cotidianos.

 

II. LA ALEGRÍA Y ESPERANZA DEL APÓSTOL

«¡Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento!» (2 Cor 2,14).

[19] El discípulo es enviado a compartir la alegría de Jesucristo, la Buena Noticia de Dios; hecho apóstol, es testigo de lo que ha visto y oído (cf. 1 Jn 1,1-4) y, por tanto, está llamado a cultivar de manera prioritaria la comunión e identificación con Jesucristo, Apóstol del Padre (cf. Jn 20,21).

Constatamos con dolor y sufrimiento nuestra impotencia para extender el Reino, para proponer la fe a los no creyentes. Pero no olvidamos que Jesucristo hizo la experiencia de la contradicción, de no ser acogido (Jn 1,11), siendo él mismo presencia del Reino: «el Reino de Dios ya está entre vosotros» (Lc 17,21).

También experimentamos que la confianza en Dios nos lleva a actuar como él, desde la debilidad. Aquí encontramos la fuente de la alegría que vence todo desaliento.

 

1 La alegría de compartir la misión de Cristo

[20] Somos convocados a participar de la alegría pascual del Resucitado, que no abandona a los que llama amigos y les asegura una presencia y colaboración todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20; Mc 16,20).

Los ministros del evangelio son los amigos del Esposo (Jn 3,29; Mc 2,18-20). Su misión es anunciar el Evangelio y llevar a los hombres y mujeres ante Jesucristo y, como Andrés a su hermano Simón, decir: «hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). La misión nace del encuentro y del conocimiento de Jesucristo («hombres que están con él y con él caminan», VD 45).

[21] La alegría de Cristo dinamiza la esperanza gozosa y activa del apóstol que vive el ministerio del Espíritu (2 Cor 3,8) para ir a buscar y traer al banquete de la Nueva Alianza a todos los excluidos (cf. Lc 14,1-24) y, desde la cruz, llevar a cabo la reconciliación de toda la humanidad con Dios (cf. 2 Cor 5,18).

La participación en la misión de Cristo hace posible al apóstol permanecer con gozo y fidelidad, aun en medio de las dificultades, fracasos, rechazo, que pueden venir incluso de los mismos pobres a quienes intentamos hacer partícipes de la alegría pascual (2 Cor 6,1-10; 11,1 ss; Hch 5,41).

En un mundo y en una cultura autosuficiente, orgullosa de sus conquistas, los ministros del Evangelio estamos llamados a testimoniar que la misión con los pobres no es nuestro propio proyecto, sino que somos enviados por nuestros obispos, en nombre de Cristo, a colaborar con la fuerza del Espíritu en la obra del Padre, que es lo que nos llena de gozo y esperanza.

 

2 El Reino de Dios es dado a los pobres y desheredados

[22] La alegría del apóstol se ensancha porque Dios ya reina en medio de nosotros. El Reino es don de Dios ofrecido gratuitamente a todos, sin ningún tipo de exclusión. La gran novedad es que este regalo es prioritariamente para los pobres y desheredados.

La esperanza y la fe del apóstol se fortalecen desde la convicción de que el reino de Dios crece independientemente de nuestro control humano («sin que él sepa cómo»:
Mc 4,27). El Reino de Dios no está en la lógica del justiciero ni del revolucionario, que fácilmente deriva en juicio y condena. Jesús vino a traer la paz y justicia nuevas, que nacen del amor hasta el extremo y del escándalo de la cruz, un amor que no enfrenta ni excluye a nadie, sino que atrae a todos en torno a la misma mesa.

[23] La evangelización de los pobres implica acoger el Reino de Dios como don del Padre, vivir la pobreza como una gracia y fuente de riqueza, saberse objeto de una elección y predilección especiales por parte de Dios. Como pradosianos, estamos llamados a cultivar de modo especial esta perspectiva, a partir de los elementos constitutivos de nuestro carisma.

 

3 Discernir y cultivar la esperanza de los pobres

[24] San Pablo nos recuerda que hemos sido salvados en esperanza (Rom 8,24) y que el mundo espera la plenitud. Dios ha enviado a su Hijo para liberar a los oprimidos, anunciar un año de gracia, anunciar la Buena Nueva a los hombres (cf. Lc 4,16-20). Pero esta esperanza puede verse ensombrecida por las expectativas que ofrece el mundo, por las respuestas más inmediatas y eficaces que buscan los mismos pobres utilizando las estrategias de los grandes y poderosos del mundo (cf. Mc 10,42-45).

La humanidad se ve constantemente seducida por la idolatría y por los poderes de este mundo. Ávida de expectativas, pierde de vista la Esperanza, que sólo se encuentra en Dios. El Antiguo Testamento expresa esta experiencia, desde la fe y la denuncia proféticas.

[25] Las expectativas y las esperanzas humanas son necesarias, son un buen punto de partida, el medio para abrir el espíritu a la esperanza que no defrauda. Jesús corrige una y otra vez las esperanzas de los que se acercan a él y les orienta hacia lo definitivo, lo que permanece, y que, en el fondo, es lo que busca el ser humano: el perdón (Mc 2,1-9), el agua viva (Jn 4,1), la luz (Jn 9,1-41). Misión del apóstol será hacer también hoy este mismo acompañamiento.

El apóstol, como Abrahán, está llamado a esperar contra toda esperanza, firme y confiado en que Dios cumple sus promesas, aunque parezcan inviables o ilusorias a los ojos humanos (Rom 4,18-22). El testimonio de su fe será el aliento que sostiene a sus hermanos y abre los corazones a la esperanza.

La alegría de cultivar la esperanza de los pobres nos introduce en la alegría pascual, con la que el Espíritu invade a Jesús al agradecer al Padre el don de su Reino a los pobres y sencillos (Mt 11,25; Lc 10,21).

 

PROPUESTAS

P.II.1. Por nuestra participación en la misión de Cristo estamos invitados, como pradosianos, a ser signo de su presencia en medio de los pobres. Esto conlleva:

  • Vivir entre los pobres, compartir su vida, aspiraciones y problemática.
  • Hacerles descubrir su dignidad de hijos de Dios.
  • Caminar juntos al encuentro con Cristo.

P.II.2. En nuestra Iglesia local, en nuestro presbiterio y en nuestros equipos:

  • Poner especial cuidado en la formación de apóstoles pobres para los pobres.
  • Compartir los gozos y esperanzas, las angustias y tristezas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los más pobres (cf. GS 1) .
  • Servir, de este modo, a los anhelos de auténticas transformaciones sociales y a la esperanza de la humanidad.

P.II.3. Ayudarnos en el equipo pradosiano a fundamentar nuestra esperanza en «los mismos sentimientos de Cristo» (Flp 2,5-11), profundizando en el cuadro de Saint Fons desde la perspectiva de la alegría y esperanza apostólicas.

 

 

III. LA ALEGRÍA Y ESPERANZA EN LA MISIÓN

«Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad» (Rom 12,12-13)

[26] La alegría y la esperanza dinamizan para la acción, para encaminarse hacia el futuro con libertad y audacia, con la «parresía» del Espíritu (Hch 4,29.31), que conduce a Jesús y a sus discípulos por la vía del amor, las bienaventuranzas y del servicio pobre y humilde.

 

1 Caminar desde el amor

[27] El Padre Chevrier hace que todo arranque del amor a Jesucristo y a los pobres: caminar desde el amor es abrir enteramente la puerta, de modo que al apóstol «le guía el amor y nada más» (VD 125); como el resorte invisible y escondido que nos señala a Jesús y a los pobres (VD 117).

«Pidamos a Dios que suscite en nosotros gran compasión para con los pobres y los pecadores. Esto es el fundamento de la caridad, sin compasión espiritual no haremos nada. Fomentemos en nosotros esta divina caridad para salir al encuentro de las miserias del prójimo y decir como Jesucristo: «Venid a mí»… Sea nuestro lema de caridad esta palabra del Señor: Tomad y comed. Considerémonos como un pan espiritual que ha de alimentar a todos con la palabra, el ejemplo y la entrega» (VD 418).

[28] La primera condición es vivir con la conciencia de ser un regalo de Dios para los pobres. Desde esta perspectiva podremos vivir la alegría del amor: la alegría del anuncio de Jesucristo en cualquier circunstancia y manera. El apóstol muestra su alegría, como Cristo, saliendo a los caminos a buscar lo que estaba perdido: «Porque el amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14). «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

 

2 Evangelizar a todos desde los últimos, con el espíritu de las bienaventuranzas

[29] El Evangelio afirma al pobre y al oprimido, frente a un humanismo centrado en la grandeza del héroe, del sabio, del hombre y la mujer bellos e inteligentes.

Evangelizar desde las bienaventuranzas es ponerse en estado permanente de conversión y consentir a la acción iniciada por el mismo Dios, que trabaja en el corazón de los pequeños, los pobres y abatidos (cf. Mt 11,28-30). Es el camino emprendido por Jesús desde el comienzo de su misión y el referente para quienes son llamados a ser sus colaboradores.

[30] El objetivo es que los pobres sientan la cercanía de Dios que los afirma en su dignidad de hijos, que les da su Reino, los convierte en ciudadanos de la nueva tierra, recibida como don y plenitud de vida: «Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas» (Lc 6,20-23).

[31] El corazón de la misión está en proclamar el gozo de Dios en acción: «Sois dichosos». Supone una inversión de los criterios de eficacia según el mundo, y por tanto asumir una tensión inevitable, pues existe el peligro de buscar el camino que Satán proponía a Jesús para llevar a cabo su misión (cf. Mt 4,1-11). Satán propone acercarse a los pobres desde el poder de este mundo y con los medios más eficaces. Jesús no cede a la tentación y alienta a sus discípulos y apóstoles a acercarse a los pobres por el camino del servicio humilde y desde el amor desinteresado. Aquí encontrará el apóstol la felicidad plena ( Jn 13,1-17). La inversión de criterios apostólicos está en la onda de la renuncia al propio espíritu y la adquisición del espíritu de Dios (cf. VD 211 s.).

[32] El Espíritu, alma de la misión, conduce a Jesús a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a los últimos de la sociedad (cf. Lc 4,14-30; 7,21-23). Este Espíritu inspira, anima y alienta nuestra misión evangelizadora, que, para llegar a todos, comienza por acercarse, hacerse presente y anunciar el Evangelio entre los últimos y olvidados donde Dios está presente de una manera especial. Esta pretensión y esta praxis de optar de manera preferente por los últimos muchas veces van a ser conflictivas e incluso escandalosas, y llevarán el signo de la contradicción y de la cruz (cf. Const. 44).

[33] El punto de partida de la misión entre los pobres forma parte de nuestra vocación específica: «Ir a los pobres, hablar del Reino de Dios a los obreros, a los humildes, a los pequeños, a los abandonados, a todos los que sufren… a llevar la fe, predicar el Evangelio, catequizar, dar a conocer a Nuestro Señor» (P 4,161).

El contacto y el trato frecuente con los pobres, compartir su vida nos sitúa en la verdadera senda y «alimenta nuestra esperanza con los signos del Espíritu que percibimos en sus vidas. Con ellos queremos compartir el Evangelio» (Const. 44).

 

3 La alegría del servicio pobre y humilde

«Sabiendo esto, seréis dichosos, si lo cumplís» (Jn 13,17).

«De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10).

[34] Estamos convocados a la alegría que nace de contemplar a Jesucristo en calidad de Maestro y Siervo, que desciende a los últimos. La evangelización de los pobres se enraíza en el conocimiento de Jesucristo y desde la sabiduría del Espíritu: sólo ese Espíritu puede darnos a saber y comprender que «no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía» (Jn 13,16).

[35] En nuestros análisis tendemos a fijarnos en las tareas que llevamos entre manos, con alegrías y tristezas, esperanzas y desilusiones. En la fe somos llamados a ir más allá de nuestros optimismos y pesimismos: el servidor vive en la alegría y la esperanza del Padre que ha puesto todo en sus manos (Jn 13, 3; 17) y así realiza la misión como un trabajo pobre y humilde, pone en ejercicio la universalidad del amor que comienza por los últimos para abarcar a todos y asume el riesgo de ser excluido por los de su propia casa (cf. Lc 4,14-30; Jn 1,11).

[36] El ejercicio del ministerio (diakonía) a que llama el Señor desborda la pura actividad o cumplir lo mandado como un oficio, para vivir la misión como fuente de alegría y esperanza: «sabiéndolo, seréis dichosos si lo cumplís…» (Jn 13,17). Es la gracia mística del buen pastor, o de los sacerdotes «perfectos», que han pasado de cumplir «sus obligaciones» a sentir en ellos el amor por Jesucristo y seguirle en «su pobreza, su dulzura, su caridad, su celo por las almas, su sufrimiento, su cruz… Debemos responderle con alegría» (VD 120; 122).

 

PROPUESTAS

 

P.III.1. Los «más» pobres apenas tienen cabida en nuestros procesos pastorales. Es necesario un discernimiento permanente, «convocarlos» explícitamente y acompañarlos con las peculiaridades que sean necesarias.

    

P.III.2. La evangelización de los pobres es misión de toda la Iglesia:

  • Acoger con alegría la nube de testigos que nos preceden y acompañan en el camino de la evangelización de los pobres.
  • Aprender de la Iglesia apostólica para vivir la misión al servicio de los pobres como fuente de alegría y esperanza.
  • Explicitar en nuestros programas pastorales actitudes y medios que evidencien la ternura y compasión de Dios para con los pobres.

 

P.III.3. El Señor nos ha elegido y nos ha dado a los pobres como regalo al confiarnos la misión evangelizadora.

  • Profundizar en la perspectiva de ser don de Dios para los pobres y los pobres don de Dios para nosotros.
  • Cultivar nuestra comunión con Cristo y sus entrañas de misericordia para con los pobres y pecadores, y reflejarlo en nuestras celebraciones y catequesis.
  • Ayudarnos a vivir la alegría y la esperanza de ser sacramento de la cercanía de Dios entre los pobres, evitando paternalismos y superando los criterios de eficacia según el mundo.
  • Proponer, como Jesús, el alimento de la Palabra de Dios y proclamar a Jesucristo resucitado como único absoluto.
  • Buscar la «hermosa pobreza» generadora de alegría, que vivió nuestro Señor Jesucristo para ser fieles a nuestra misión evangelizadora y ser signo evangélico para todos en el momento presente.

 

P.III.4. El Espíritu nos conduce a los pobres para compartir con ellos la Buena Noticia del Padre; esto nos lleva a:

  • Ir a los pobres para llevar la fe, predicar el Evangelio y dar a conocer a Jesucristo.
  • Convertir nuestras comunidades en casa de los pobres como una de las mejores maneras de anunciar el Evangelio.
  • Vivir y reflejar en nuestra forma de ser y ejercer el ministerio el espíritu de las bienaventuranzas, sintiéndonos solidarios con otros que, desde otras instancias, luchan y trabajan a favor de los empobrecidos.

 

P III.5. Favorecer encuentros para compartir experiencias pastorales que buscan respuestas a los nuevos retos y a las nuevas pobrezas.

P III 6. Como pradosianos nos sentimos llamados a:

  • Vivir con la cultura de lo necesario.
  • Crear y acompañar comunidades cristianas que sean signo de la presencia transformadora del reino de Dios.
  • Abrir diálogos fraternos con nuestros obispos, con los rectores y formadores de los seminarios para presentar con libertad y sinceridad la gracia del Prado.
  • Acompañar a jóvenes en procesos de iniciación cristiana y en su itinerario vocacional a vivir con esperanza y alegría la pobreza evangélica.

Revista “El Prado” nº 194

•julio 12, 2008 • Deja un comentario

REVISTA «EL PRADO»

EL MINISTERIO DEL ESPIRITU

EN MEDIO DE LOS POBRES

Enero- marzo 2008/ Núm. 194

Editorial

MINISTERIO DEL ESPÍRITU SANTO

La Revista que ponemos en vuestras manos recoge algunos testimonios y comunicaciones de la Asamblea General del Prado, celebrada en Limonest (Lyon) del 5-25 de julio de 2007.

El tema central de la Asamblea es el que da título a este número de nuestra publicación: «El ministerio del Espíritu Santo en medio de los pobres».

El ministerio de la Nueva Alianza, es el ministerio del Espíritu que nos asocia a la misión del Hijo el cual, con la entrega de su vida al Padre, ha sellado una Alianza Nueva con Dios, la alianza en el Espíritu que supera la Antigua, la establecida por medio de la ley.

Por el Espíritu tenemos acceso a Dios con toda claridad ya que Jesús ha roto el velo de la separación que mantenía en la distancia, en la lejanía y en el temor, para hacer posible la relación y el encuentro con el Padre por medio del amor.

Si la antigua alianza se escribió con tinta en tablas de piedra, la nueva alianza ha sido escrita en nuestros corazones con el Espíritu de Dios vivo. Esta forma nueva de escritura es la que lleva el sello del amor y de la confianza. Esto no lo podemos hacer por nosotros mismos, sino que es obra de Dios: «Esta es la confianza que tenemos delante de Dios por Cristo. No porque nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, sino que nuestra capacidad viene de Dios» (2 Cor 3,4-5). Lo que está escrito en el corazón permanece, forma parte ya del ser. La fuerza y el impulso está en el Espíritu que habita en nosotros, no en la imposición de unas normas, ni siquiera en un impulso ético de una voluntad disciplinada que refleja todavía la división interior. Lo que el Espíritu ha grabado en el corazón nos sitúa en la gracia, en el amor, en la unificación con Cristo, en la libertad más plena.

Este ministerio tan sublime y sobreabundante ha querido el Señor confiárnoslo a nosotros y hacernos portadores de él, conociendo nuestra fragilidad y contando con nuestra debilidad: «pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2 Cor 4,7).

El ministerio del Espíritu es un ministerio de verdad y de libertad. Estas son las aspiraciones más profundas que laten en el ser humano y el anhelo más hondo y auténtico de su ser: «Porque el Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Cor 3,17). Por eso el hombre nuevo, el hombre espiritual es el que está habitado y transformado por el Espíritu, como Jesús, el segundo Adán: «pues vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!» (Rom 8,15).

Revestidos del Espíritu Santo, como Jesús, somos enviados a anunciar el Evangelio a todos los pueblos, especialmente a los pobres como la gran Noticia de la ternura y del amor del Padre a los hijos más débiles, necesitados e indefensos (Lc 4,14-30; 7,21-23; 14,15-24).

El don y el ministerio recibido nos envían también a hacer discípulos, a formar apóstoles pobres para la evangelización de los pobres, en una palabra, a compartir, difundir y extender el carisma pradosiano, la gracia recibida, para que alimente a quienes se sienten atraídos por ella y fructifique en bien de toda la Iglesia. He aquí el reto de responder a las demandas que distintos grupos de laicos están haciendo al experimentar cómo la espiritualidad del Prado está alimentando su fe e impulsando su corresponsabilidad y compromiso en la misión de la Iglesia.

En esta ocasión hemos querido acercar la voz, el testimonio y la realidad de unas Iglesias que apenas suelen aparecer en las páginas de nuestra revista, pero este acercamiento es muy importante y revelador para unas Iglesias de vieja tradición y tal vez también envejecidas, que tienen tanta necesidad de renovarse.

Una pequeña visión del continente africano nos llega a través de la comunicación del Prado de la República del Congo y del Prado del África del Oeste, que abarca a diez países. Los graves problemas son una fuerte interpelación para nosotros, pero en medio de sus grandes carencias y dificultades percibimos la fuerza creadora y transformadora del Espíritu que va alumbrando caminos de esperanza. También nos asomamos un poco al inmenso continente de Asia a través de la comunicación del Prado de Vietnam.

Por fin que compartimos con vosotros y a damos gracias por el paso de Luis María de este mundo al encuentro cara a cara con el Señor Resucitado, a quien él procuró conocer y dar a conocer a través del ministerio sacerdotal y de la vocación del Prado. Entre sus muchos trabajos y servicios queremos hacer presente los ocho años como director de nuestra revista a la que dedico tantos cuidados.

¡Damos gracias a Dios!

Indice

El Ministerio del Espíritu Santo…………………………………………. 1

Testimonios:

Un viaje como Enviado…………………………………………………….. 3

José Mª Tortosa

Prado de África del Oeste………………………………………………….. 8

Prado del Congo……………………………………………………………….. 14

Prado de Vietnam……………………………………………………………… 17

Artículo de Fondo

Los carismas del Nuevo Testamento…………………………………… 22

José Ignacio Blanco

Laicos en el Prado……………………………………………………………… 27

Antonio Bravo Tisner

Estudios de Evangelio:

Ministerio de la Nueva Alianza…………………………………………… 38

X. Xulio Rodríguez

In memoiram

Luis María: Quédate junto a nosotros………………………………….. 50

Damián García Serrano

HACER APÓSTOLES POBRES PARA LOS POBRES

•junio 19, 2008 • Deja un comentario

El P. Chevrier, seducido por el misterio de la Encarnación, se sintió especialmente vocacionado para consagrar toda su existencia y actividad a la evangelización de los pobres, formando apóstoles pobres para la evangelización de los pobres.

 

El P. Chevrier comprendió la urgente necesidad que tenían los pobres de ser evangelizados, así como su rico potencial evangelizador y el de quienes se forman a su lado para el servicio del Evangelio; por eso funda el Prado para «catequizar a los pobres, ignorantes y pecadores» y para «formar apóstoles y sacerdotes pobres para ellos», como queda constancia en la placa de su tumba..

 

Esta gran intuición del P. Chevrier queda recogida en nuestro directorio particular, en el nº 17, de la siguiente manera: «En nuestra trayectoria pradosiana, dos convicciones han animado nuestras vidas: que toda la comunidad eclesial es responsable de la evangelización de los pobres y que éstos contribuyen eficazmente a desarrollar la sacramentalidad del conjunto del Pueblo de Dios. Para proseguir con decisión en este camino, nos sentimos llamados a seguir más de cerca a Jesús en su condición de enviado: trabajar para que los pequeños y los insignificantes ocupen un lugar de preferencia en su cuerpo eclesial; hacer que su voz y sus necesidades sean escuchadas y vayan configurando nuestras respuestas apostólicas; dedicar mucho tiempo a la formación de apóstoles pobres, respondiendo así a las necesidades de la Iglesia y del mundo».

 

Sesión de espiritualidad para sacerdotes y seminaristas

•marzo 28, 2008 • Deja un comentario

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Sesión de espiritualidad del Prado

Para seminaristas en los últimos cursos y sacerdotes

 Para información toca en triptico_espiri_prado_2008.pdf

HACER APÓSTOLES POBRES PARA LOS POBRES

•marzo 28, 2008 • Deja un comentario

 

El P. Chevrier, seducido por el misterio de la Encarnación, se sintió especialmente vocacionado para consagrar toda su existencia y actividad a la evangelización de los pobres, formando apóstoles pobres para la evangelización de los pobres.

 

El P. Chevrier comprendió la urgente necesidad que tenían los pobres de ser evangelizados, así como su rico potencial evangelizador y el de quienes se forman a su lado para el servicio del Evangelio; por eso funda el Prado para «catequizar a los pobres, ignorantes y pecadores» y para «formar apóstoles y sacerdotes pobres para ellos», como queda constancia en la placa de su tumba..

 

Esta gran intuición del P. Chevrier queda recogida en nuestro directorio particular, en el nº 17, de la siguiente manera: «En nuestra trayectoria pradosiana, dos convicciones han animado nuestras vidas: que toda la comunidad eclesial es responsable de la evangelización de los pobres y que éstos contribuyen eficazmente a desarrollar la sacramentalidad del conjunto del Pueblo de Dios. Para proseguir con decisión en este camino, nos sentimos llamados a seguir más de cerca a Jesús en su condición de enviado: trabajar para que los pequeños y los insignificantes ocupen un lugar de preferencia en su cuerpo eclesial; hacer que su voz y sus necesidades sean escuchadas y vayan configurando nuestras respuestas apostólicas; dedicar mucho tiempo a la formación de apóstoles pobres, respondiendo así a las necesidades de la Iglesia y del mundo».

 

EL ESTUDIO DE EVANGELIO

•marzo 28, 2008 • Deja un comentario

EL ESTUDIO DE EVANGELIO SIGUIENDO

A ANTONIO CHEVRIER

EL ESTUDIO DE EVANGELIO SIGUIENDO A ANTONIO CHEVRIER


Antonio Chevrier insistió siempre que había que tomarse el Estudio de Evangelio como un trabajo para ganarse el pan. Ese es nuestro trabajo: estudiar el Evangelio cada día.

Estudiar el Evangelio es estudiar a Jesucristo. Y estudiar a Jesucristo es irle conociendo cada vez más. Tenemos que conocer más y mejor a Jesucristo para hacernos más eficaces a la hora de seguirle. Más y mejor. Más de cerca. Hacernos más eficaces en dar a conocer a Jesucristo, como él se daba (y se da) a conocer. Más eficaces en conseguir que los pobres conozcan a Jesús, y a su vez le sigan y le amen.

El Evangelio-Jesucristo es, para A. Chevrier, como una casa que se convierte poco a poco en un hogar. En nuestro hogar. Uno puede descubrir un día una casa y darse cuenta de que es muy bonita. Puede incluso pararse y observarla con detenimiento por fuera. Fijarse en todos los detalles que la hace aparecer una gran casa. Volver una y otra vez al mismo sitio para contemplarla. Pero uno puede entrar. Se le aparecerán entonces tantísimos aspectos que desde la calle no se ven: las salas y habitaciones, la distribución interior, la vida que allí dentro ha palpitado o puede palpitar. Es posible incluso que llegue a comprar esa casa y viva en ella.

Para entrar y vivir del Evangelio, vivir en el Evangelio, vivir el Evangelio, comunicar el Evangelio, A. Chevrier seguía un cierto método.

(1) Lo primero es disponerse para conocer a Jesús. Conocer a Jesús lo es todo. Antes que nada me centro en qué debo conocer más de Jesús. Ahí no se trata sólo de tomar una decisión. Hay que rezar. Hay que dejar que sea el Espíritu y la vida los que me digan qué aspectos de la persona de Jesús aún no conozco suficientemente. Tengo que darme cuenta de por dónde debería yo crecer más en el seguimiento de Jesús. Eso, la mayoría de las veces me lo tienen que decir. Por poner un ejemplo: aún no conozco suficientemente a Jesús en su autoridad, o en su abajamiento, o en su gloria, o en su intimidad con el Padre, o en lo que alimentaba su vida, o en sus enfrentamientos, o …

(2) Ese punto concreto guiará mi Estudio de Evangelio. Ya se ve que no me mueve la curiosidad sino la necesidad del contacto más rico con Jesús y la posibilidad de conversión que se me abre. Soy como un discípulo que se fija en su Maestro. No sólo en sus enseñanzas sino en todo su ser. Entonces escojo un Evangelio concreto. Y voy leyendo, despacio, muy despacio, sin perderme detalle. Leo y releo. Voy apuntando literalmente cada frase, palabra, que me da luz.

(3) Apunto la frase, palabra, párrafo y, al lado, le hago un pequeño comentario. Qué me sugiere, qué descubro ahí. Apunto otros fragmento del evangelio, ya conocidos, que van en la misma dirección. Otros sitios de la Palabra de Dios que apuntan a lo mismo. Anoto sobretodo cómo se me muestra Jesús en el trozo de Evangelio que he escrito.

(4) Al lado de eso aún tengo que apuntar más cosas. Voy por un momento a mi vida, a la experiencia diaria, a la gente que conozco o trato habitualmente, voy a los pobres. Con actitud contemplativa miro cómo se me muestran. Lo escribo. Justo ahí al lado tengo ya cómo se me muestra Jesús. Los contemplo juntos, a la vez. ¡Cuántos maestros no me van acompañando cotidianamente junto con el Maestro¡ Lo agradezco.

(5) Así voy continuando hasta terminar el Evangelio que he escogido. Ya se ve que esto no es cosa de un día. Al acabar de leer el Evangelio vuelvo sobre todo lo que he recogido. Es el momento de formularme todo eso ordenadamente. De darle forma. De que concrete mi conversión. Tengo que volver a rezar. No quiero un simple resumen. Me tiene que salir algo con contenido. Ei, que el contenido es Jesús mismo. Tiene que ser algo profundo. Para ello es muy útil expresar la fe que tengo en Jesús. Creo en él y el Estudio de Evangelio que estoy haciendo me facilita el decir mi fe.

(6) Mi fe en Jesús, mi conocimiento de Jesús, mi amor por Jesús que he adquirido son también para los demás. Habiéndome hecho discípulo de Jesús, ¿me haré ahora maestro de otros, con toda la humildad pero con toda la eficacia?

El Padre Chevrier

•marzo 28, 2008 • Deja un comentario

El Padre Chevrier

 

Nace en Lyon (Francia) el 16 de abril de 1826 y muere el 2 de octubre de 1879. Sacerdote de la diócesis de Lyon; es fundador de la obra del Prado para la evangelización de niños y adolescentes pobres y de la Asociación de los Sacerdotes del Prado.

 

Sus orígenes familiares son de condición modesta (su padre era empleado de la oficina de impuestos y su madre era tejedora de seda en la propia casa).

Ordenado sacerdote en 1850, después del recorrido clásico en el Seminario Menor de L’Argentiére, y luego en el Seminario Mayor de San Ireneo, de Lyon, es enviado como vicario parroquial a una parroquia de nueva creación en las afueras de Lyon, en el margen izquierdo del Ródano: la parroquia de San Andrés, de La Guillotière, que entonces era un municipio independiente, habitado sobre todo por obreros, no tenía buena reputación, el gobierno municipal era de izquierdas, y por razones de orden público, será anexionado a la ciudad de Lyon por un decreto imperial del 24 de marzo de 1852.

Antonio Chevrier descubrió allí la miseria obrera en todas sus formas. En un sermón sobre el amor a los pobres, no vacilaba en hablar del «espectáculo cada vez más hiriente de la miseria humana que crece. Se diría que, a medida que los grandes de la tierra se enriquecen, a medida que las riquezas se encierran en algunas manos ávidas que la buscan, crece la pobreza, disminuye el trabajo, no se pagan los salarios. Se ve a pobres obreros trabajar desde el amanecer hasta la noche para a duras penas ganar el pan y el de sus hijos. Y, sin embargo, ¿no es para todos el trabajo el medio para comprar el pan?» (Ms IV, 57, 1). El vicario de San Andrés denunciaba las condiciones inhumanas y degradantes de los talleres y las fábricas, el trabajo de los niños, de los que se hacía «máquinas de trabajo para enriquecer a los amos» (Ms III, 2,2).

 

En 1857 Antonio Chevrier se encuentra con Camilo Rambaud, rico empresario de la seda en Lyon, que afectado por la problemática social, acababa de fundar una «ciudad obrera» en la orilla izquierda del Ródano destinada a acoger a las víctimas de la catastrófica inundación de mayo de 1856. El Padre Chevrier, como se le dirá desde entonces, se consagrará principalmente, con la ayuda de algunos voluntarios, a la formación religiosa de muchachos y muchachas que no iban a la escuela ni a la catequesis.

 

En 1860 se separa de Camilo Rambaud y alquila al principio, después la comprará, una sala grande de baile que se llamaba «El Prado», en uno de los barrios más desfavorecidos de la Guillotière. Allí acogía durante unos seis meses, a «jóvenes adolescentes de ambos sexos vagabundos y abandonados, que por su edad y su ignorancia eran excluidos de la participación en las lecciones de la escuela y de la parroquia» (Informe de la Academia de Lyon del 23 de febrero d 1861). Allí les preparaba para la primera comunión con una catequesis intensiva. La Inspección académica del Ródano le autorizó a abrir una escuela, y de este modo recibían además una enseñanza elementar de lectura, escritura y cálculo. Desde este «pequeño pensionado para los pobres» (Ms X, 15ª) del 10 de diciembre de 1860, día en que el Padre Chevrier adquiere el Prado, hasta el 2 de octubre de 1879, día de su muerte, fueron acogidos de 2300 a 2400 muchachos, de los cuales, aproximadamente, las dos terceras partes eran chicos y un tercio chicas.

 

A diferencia de otros establecimientos del mismo tipo, el Padre Chevrier rechazó el que se hiciera trabajar a los niños acogidos. A pesar de la falta de ingresos de modo regular, no quería contar, como decía, más que con la Providencia y la generosidad de los pobres para con aquellos que eran más pobres todavía que ellos. Si para el grueso de las obras de acondicionamiento del Prado contó con la colaboración de Edouard Frossard, Director de los Talleres de «La Buire» (empresa metalúrgica, importante por la construcción de los raíles del tren, que estaba en plena expansión), fueron, sobre todo, las gentes del pueblo quienes aseguraban el mantenimiento diario de los niños del Prado.

La señorita Chapuis, que era propietaria de un taller en la colina de la Croix-Rousse, ha explicado cómo en bastantes talleres textiles «las obreras ponían todos los días una o dos monedas de su sueldo; al fin de la semana suponía una cantidad que una de ellas llevaba el domingo al Padre Chevrier». Muchos gestos humildes de este estilo posibilitaban la supervivencia en el Prado día a día.

Al constatar que no había sacerdotes preparados seriamente para ejercer un ministerio de este estilo, en contacto con los pobres, el Padre Chevrier se decidió, en 1866, a fundar en el Prado mismo una «escuela clerical». La misma Srta. Chapuis relató cómo el Padre Chevrier le abía dicho un día: «Francisca, desearía hacer un semillero de sacerdotes que fueran educados con los niños para que les comprendan bien». A su muirte en 1879, esta «escuela clerical» había aportado al Prado sus cuatro primeros sacerdotes; junto con el anexo de Limonest, contaba con unos cincuenta alumnos; este fue el punto de partida de la Asociación de Sacerdotes del Prado.

No se encuentra en los escritos de Antonio Chevrier un análisis de la condición obrera, ni en las cartas, ni en las predicaciones o comentarios al Evangelio, ni siquiera en el Verdadero Discípulo, el libro que escribió para la formación de sus sacerdotes; pero se constata, en su lectura, que en este hombre había un verdadero conocimiento de las cargas que pesaban sobre los trabajadores, una real simpatía por ellos y gran sufrimiento ante el comportamiento de gente de Iglesia que les distanciaba injustamente. El Verdadero Discípulo hace una descripción cruelmente lúcida de las costumbres eclesiásticas de la época, tal como eran percibidas por la población obrera de las ciudades. Antonio Chevrier no vacila en escribir que «Dios envía las revoluciones» para castigar la avaricia de los sacerdotes y su apego excesivo a los bienes de la tierra: «Es lo primero que hacen todos los revolucionarios: despojarnos, hacernos pobres. ¿No podemos decir que Dios quiere castigarnos por nuestro apego a los bienes de la tierra y, a través de ello, forzarnos a practicar la pobreza, ya que no la queremos practicar voluntariamente?» (El Verdadero Discípulo, p. 316).

Los funerales del Padre Chevrier el lunes, 6 de octubre de 1879, demostraron de modo evidente el aprecio que el pueblo obrero de la Guillotiere tenía por el fundador del Prado, a quien habían reconocido en este humilde sacerdote a uno de los suyos. «No he visto nada parecido en su funeral, manifestaba uno de sus antiguos compañeros. El cuerpo estaba en la iglesia de San Luis cuando todavía seguía la procesión por el Prado. Las aceras no podían contener a la masa en todo el recorrido. Sobresalían la presencia de los obreros, tanto en la comitiva cono en las aceras; apenas había ropas finas. El Padre Chevrier era el sacerdote de los pobres» (Declaración del sacerdote C. Ardaine en el proceso de beatificación). «Toda la Guillotière estaba en la calle», precisa otro testigo. «El recogimiento de todo el mundo era impresionante. Incluso los talleres estaban en el recorrido dejaron de trabajar durante el desfile fúnebre».

El periódico de Lyon «El Progreso», poco dado a simpatizar con la Iglesia, escribía en su edición del jueves, 9 de octubre de 1879: «Nunca es tarde para rendir homenaje a la memoria de los hombres de bien y, sea el que sea el partido al que pertenezcan, olvidamos las disensiones políticas para no ver en ellos más que el lado digno de respeto y admiración. El Sacerdote Chevrier, fundador de la Providencia del Prado, era uno de estos hombres, cuyo recuerdo merece que no quede borrado por el tiempo. Él tuvo compasión de los pequeños vagabundos que andaban por las calles sin protección alguna contra las tentaciones del vicio, sin ninguna atención, y ha consagrado toda su actividad a la educación perseverante de estos niños. Tal ha sido su finalidad al fundar esta Providencia de La Guillotière. La masa que se apiñaba en los funerales del sacerdote Chevrier y que se ha calculado en más de 5000 personas es una justa manifestación del reconocimiento público. En cuanto a nosotros, que no somos sospechosos de simpatía por el clero, celebramos con tanto mayor respeto, cuanto que esto nos ocurre raramente, la memoria de este sacerdote que ha obrado como un buen ciudadano»

 

 

 

¿Quiénes somos?

•enero 7, 2008 • 9 comentarios

NAVIDAD: UNA CONVERSIÓN ANTE EL PESEBRE

Navidad 1856, parroquia de San Andrés de La Guillotière, en Lyon. Antonio Chevrier, joven sacerdote desde hace 6 años, al contemplar el Nacimiento de Jesús en el Pesebre, queda impactado por este acontecimiento inaudito: Dios se hace hombre. Al mismo tiempo constata en su oración cómo continúa perdiéndose la humanidad. Es captado por una luz particular que determina su vida de sacerdote.

A partir de este día pone en práctica los medios para profundizar en los Evangelios y la vida de los pobres que le rodean. Inserto en el recurso continuo a las Escrituras, se vuelve hacia los niños de las familias obreras. Les reúne en un antiguo salón de baile, el Prado, para prepararles a la Primera Comunión. Con ellos y para ellos propone el anuncio sencillo del Evangelio; pone las bases para una formación de sacerdotes pobres para los pobres. Es así como nacen los sacerdotes del Prado y las Hermanas. Más tarde vendrán los laicos consagrados, hombres y mujeres. Actualmente los miembros del Prado están presentes en 50 países en el mundo.

En octubre de 1986, en Lyon, el Papa Juan Pablo II proclamó Beato al Padre Chevrier. Desde entonces son cada vez más los diáconos y laicos permanentes que comienzan a interrogarse por este carisma.

Diciembre de 2006 ha marcado los 150 años de la gracia de Navidad recibida por Antonio Chevrier. En las diócesis de Francia y de los cuatro continentes, diversas iniciativas han podido dar cuenta de cómo la luz de Navidad de 1856 continúa convirtiendo la vida de los cristianos de hoy.

PRESENTACIÓN DEL PADRE CHEVRIER
 

En una sociedad en cambio

  • Antonio Chevrier nace en Lyon, en 1826. la ciudad está en pleno cambio. Son muchos los temores que agitan a la sociedad y a la Iglesia. En la ribera izquierda del Ródano se desarrolla la expansión industrial.

    • Un sacerdote atento a la gente del pueblo
      Antonio Chevrier, ordenado sacerdote en mayo de 1850, es enviado por su obispo a San Andrés de la Guillotière, un suburbio en condiciones de vida deplorables. Irá a ver esta gente, en su medio, que bordea la miseria.
       
    • Activo en el barrio
      En mayo de 1856 unas inundaciones catastróficas cubren el barrio. Antonio Chevrier, junto con otros, participa activamente en los trabajos de auxilio. Se le impone un más aún la amplitud de la miseria.
       
    • Un acontecimiento en el origen
      En la noche de Navidad de 1856, la meditación ante el Pesebre conmueve a Antonio Chevrier: Dios se hace pobre, y los hombres continúan en la oscuridad. Se decide entonces a estudiar el Evangelio y seguir a Jesucristo más de cerca para estar al lado de los pobres.
       
    • Primera tentativa
      En 1857 se acerca a una ciudad de emergencia: la Ciudad del Niño Jesús. Muy pronto percibe que la gestión prevalece sobre el interés por los niños. Busca otra cosa.
       
    • Una iniciativa en función de los niños y jóvenes
      En 1860 Antonio Chevrier compra una sala de baile: «El Prado». En este lugar acoge regularmente, durante 6 meses, a niños y jóvenes del barrio. El objetivo es hacerles conocer y amar a Jesucristo, dándoles las bases de una formación humana.
       
    • Una llamada a formar sacerdotes
      En 1866 abre en el Prado una «escuela clerical» par posibilitar que jóvenes del pueblo pudieran ser sacerdotes. Les da una formación apostólica en medio de los muchachos del barrio, que se reúnen allí. Son los primeros pasos de lo que llegará a ser la Asociación de Sacerdotes del Prado.
       . También asocia a esta obra a jóvenes obreras y empleadas de la casa. Les propone una vida consagrada a Cristo y a los pobres. Así es como nacerán las Hermanas del Prado.
      . El 2 de octubre de 1879 muere el Padre Chevrier a la edad de 53 años. «Toda la Guillotière estaba allí, sobre todo los pobres y los obreros. Era el amigo del pueblo pobre»
       
    • LA GRACIA CONCEDIDA AL PADRE CHEVRIER

Antonio Chevrier, en una constante inmersión en la Escritura, se abre a las luces que le vienen de Cristo y que le indican un modo de anunciar la Buena Nueva a los pobres

  • Conocer, amar, seguir a Jesucristo pobre entre los pobres

  • «¿Sientes nacer en ti esta gracia? es decir: ¿sientes un impulso interior que te lleva a Jesucristo? Un sentimiento lleno de admiración por Jesucristo, su hermosura, su grandeza, su bondad infinita que le hace bajarse hasta nosotros, sentimiento que nos toca y lleva a entregarnos a él…?»
    + «El Padre nos crea, el Hijo nos muestra la verdad, la vida, es nuestra luz, mas el Espíritu Santo nos da el amor, nos hace amarle, y quien ama comprende, quien ama puede obrar. El Espíritu Santo termina lo que Jesucristo ha comenzado».
    + «Estudiad cada palabra, cada acción, cada virtud, y tratad de impregnar con ellas vuestro espíritu, vuestro corazón y también vuestra conducta. Anotad lo que más os impresione, así lo recordaréis mejor y podrá serviros más tarde».
     

  • Dar a conocer a Jesucristo
    + «El Pesebre, el Calvario, el Tabernáculo, en esas tres estaciones quiero dejarte siempre. Que los misterios de Nuestro Señor te resulten tan familiares que puedas hablar de ellos como de algo propio, familiar, como la gente sabe hablar de su estado, sus vestidos, sus negocios…»
    + El objetivo de toda instrucción y del catecismo «es iluminar la inteligencia por el conocimiento, moverle corazón por el amor y conseguir que la voluntad se determine a actuar».
     

  • Formar sacerdotes pobres para los pobres
    + «Nos alegramos de poder tenerte un día como obrero de Dios que nos ayudará a cumplir la obra tan grande y tan hermosa de evangelizar a los pequeños y a los pobres. Prepárate bien para esta gran misión, instruyéndote en el estudio y sobre todo en la oración…»
    + «Hay almas que sienten la verdad naturalmente y la aceptan con alegría y dicha desde que la ven… Dios ha puesto en ciertas almas un sentido espiritual y práctico que encierra más sentido común y espíritu de Dios que cuanto hay en la cabeza de los más grandes sabios. Testigos, algunos buenos campesinos, algunos buenos obreros, y buenas obreras, mujeres que comprenden inmediatamente las cosas de Dios y saben explicarlas mejor que muchos otros».
    + «Los religiosos observan los consejos evangélicos ¿Por qué los sacerdotes seculares no los van a observar?… ¿No deben procurarlo ellos aún más por estar en medio del mundo, debiendo llevar por todas partes el buen olor de Jesucristo y ser la luz viviente para brillar en medio de los hombres?».

EL PRADO ACTUALMENTE

  • La Asociación de Sacerdotes del Prado, fundada por el Padre Chevrier es un «Instituto Secular de derecho pontificio», compuesto de sacerdotes diocesanos, presentes en unas cincuenta iglesias locales en los cuatro puntos del mundo.
  • Las hermanas del Prado fueron fundadas igualmente por Antonio Chevrier. Son una «sociedad de vida apostólica» y están presentes en varios países.
  • Los laicos consagrados, llamados también «hermanos» del Prado, son miembros de la Asociación de Sacerotes del Prado
  • El Instituto Femenino del Prado agrupa a laicas consagradas que siguen le carisma pradosiano en medio del las realidades de la vida ordinaria.
  • Hay diáconos permanentes y grupos de laicos que se encuentran regularmente en diversas regiones del mundo en torno al estudio de Jesucristo en el Evangelio y compartiendo un mismo amor por los más desfavorecidos.

ASAMBLEA DEL PRADO DE ESPAÑA 2008

•enero 2, 2008 • Deja un comentario

 

ASAMBLEA DEL PRADO DE ESPAÑA

DOCUMENTO DE TRABAJO

«Evangelizar a los pobres, fuente de alegría y esperanza»

INTRODUCCIÓN:

El tema central de nuestra Asamblea viene indicado desde la situación social y eclesial en que vivimos nuestro ministerio y en continuidad con el camino recorrido desde la Asamblea anterior. La referencia de nuestro ser y hacer apostólicos quedó fijada en la presencia actuante y transformadora del Señor Resucitado, fundamento de la fe y de la misión.

En los tiempos de perplejidad que nos tocan vivir, cuando «lo cristiano» parece disminuir de modo progresivo, la fe nos dice que Dios está siempre haciendo algo nuevo y somos convocados a ir más allá de lo razonable: hacer la experiencia espiritual de que evangelizar a los pobres es realmente fuente de alegría y de esperanza.

La Asamblea se enmarca en la finalidad permanente de actualizar nuestra vocación y misión como pradosianos, teniendo en cuenta la orientación apostólica que debe caracterizarnos: «evangelizar a los pobres haciéndonos discípulos de Jesucristo» (Cons 25).

El itinerario que proponemos nos viene dado por la Revelación, que nos introduce en la experiencia misma del Pueblo de Dios. Para ello hemos tomado cinco iconos referenciales, que forman parte de un camino unitario:

– Partimos de la experiencia humana que conlleva la situación de «resto» y la vivencia del Pueblo de Israel: no es la pequeñez lo decisivo, sino el que, a partir de la minoría, Dios actúa creando siempre algo nuevo.

– Pero la acción de Dios viene por caminos desconcertantes. La pequeña comunidad de la gran ciudad de Corinto, nos sitúa ante el hacer de Dios, que elige lo que no cuenta y eso es fuente de alegría y esperanza.

– El «hoy» de Dios: Dios entra por caminos no previstos, como Zaqueo o el buen ladrón… La fe nos dice que no podemos detenernos en evocaciones del pasado; hoy está actuando la vida y la salvación en el mundo.

– El presente es ya futuro: estamos en el futuro de Dios. El futuro ya ha comenzado. La Liturgia celeste del Apocalipsis es el horizonte de alegría y esperanza para la comunidad perseguida y, al mismo tiempo, necesitada de conversión.

– En la travesía de la historia, vamos en la misma barca del mundo. La experiencia de Pablo «camino de Roma» es el icono de la vocación del apóstol, llamado a ser testigo del Resucitado y a sostener la esperanza.

1 El pequeño resto… no temas, pequeño rebaño.

Resto es la pequeña parte de un pueblo que se salva de la ruina, de la destrucción y de la aniquilación. El resto tiene el doble significado de los «supervivientes» y también el de esperanza ya que, al menos, subsiste un pequeño grupo que es salvado de la destrucción. Esta pequeña parte será el núcleo de un nuevo pueblo, ya que Dios permanece fiel a la promesa que ha hecho a pesar de que el pueblo se aparte de él.

El pueblo de Israel ha sido infiel a la alianza, se ha apartado del Señor y ha sido destruido, prácticamente ha desaparecido, sólo un pequeño resto sobrevive (Is 1,9; Sof 2,9). Yahvé sigue siendo fiel y sigue manteniendo las promesas hechas a su pueblo.

Los profetas desarrollan esta idea religiosa de resto en las distintas etapas de la historia de Israel y de Judá.

  • El resto está formado por los supervivientes de las invasiones asirias (Am 5,15; Is 15,9; Miq 4,7) y babilónicas (Jr 6,9; 15,9; 24,1-10; Ez 6,8).
  • En tiempos del exilio el resto lo forma el pequeño grupo que regresa de Babilonia y reconstruye el templo (Ag 1,12; 2,2; Zac 8,6-11; 13,8ss.).
  • A partir del exilio el resto tiene un significado escatológico: El «Resto de Israel» es el portador de las promesas divinas y el beneficiario de la salvación en los últimos tiempos (Is 4,4; 10,20-22; Miq 5,6; Sof 3,12).
  • El resto será la porción más sana de la nación, llamándose «Israel Siervo de Yahvé» (Is 49,3), los pobres de Yahvé (Is 49,13), el verdadero Israel, el Israel de las promesas. En medio de ese grupo emerge la figura del Siervo de Yahvé que realiza con su muerte redentora la misión confiada al resto (Is 52,13-53,12).

El Resto entraña una reducción numérica progresiva. Al principio está la humanidad entera, luego el pueblo de Israel, después el resto de Israel y finalmente el Siervo de Yahvé, el Hijo del Hombre, Jesús de Nazaret, que cumple la promesa del Padre con un pequeño grupo, el pequeño rebaño al que el Padre le ha complacido darle el Reino (Lc 12, 33).

El pequeño rebaño, como el pequeño resto, está vinculado estrechamente al Padre y es capaz de superar el miedo y la desconfianza. Sin embargo el miedo y las preocupaciones serían comprensibles, ya que el pequeño rebaño, como el resto de Israel, sigue siendo frágil y se ve continuamente amenazado. Pero más fuerte que las amenazas es el beneplácito (la «eudokía») del Padre (Lc 10,21), la inversión prometida ya en el Magníficat (Lc 1,49-55). A ese pequeño rebaño le ha complacido al Padre darle el Reino, reinar en medio de él, en la medida que las ovejas sigan unidas al Pastor, los hijos al Padre (Mc 14,27)

Estudio de Evangelio: Esperanza contra toda esperanza

A partir de algunos textos que se citan en el documento y de otros hacer un Estudio de Evangelio sobre el resto en los profetas.

¿Cómo Dios hace brotar la esperanza cuando parece que todo está en contra, cuando no hay esperanza:

Gn 12-25; Jue 6-8; Dn 3, 26ss; Lamentaciones; Is 40-55; Sal 73; Lc 10, 21 y 12, 33; 1P 5, 2; Parábolas del Reino; Jn 6 y Crisis de Galilea;

En todo este recorrido de Israel se puede contemplar también el camino de la Iglesia en sus diferentes etapas. Tal vez en estos momentos nos resulta más clara y luminosa la identificación con el resto que permanece fiel y que es el germen de nuevo Pueblo de Dios.

CUESTIONARIO 1

  1. ¿En una situación de aparente desmoronamiento, qué experiencia estamos haciendo de que Dios sigue buscando un pueblo pobre y humilde, que confíe en él y viva la alianza?
  2. ¿Cómo nuestro ser y hacer apostólico se corresponde con el modo de hacer de Dios a partir del Resto?
  3. ¿De qué modo que reflejada en la realidad eclesial de hoy la imagen del pequeño rebaño y qué consecuencias se derivan para nuestra acción pastoral?

2 Mirad quiénes habéis sido llamados: comunidades pobres y humildes (1 Cor 1,26-28).

Los caminos del Señor, sus planes nos desconciertan. Este mismo desconcierto experimentó el pueblo de Israel y también las primeras comunidades cristianas. Dios continúa su obra con lo que no cuenta, con la debilidad y la pobreza… (2 Cor 12,7-10; 1 Sm 16,1-13; 17,40-54; Ex 2,1-10).

Corinto era una ciudad populosa y rica, un importantísimo centro comercial, financiero y de diversión. Lo que marcaba la vida de la ciudad eran los negocios, las transacciones comerciales, los Juegos y las diversiones.

Pablo nos refiere que la comunidad de Corinto era una realidad minúscula, formada por gente muy sencilla, de la última escala social (1Cor 1,26-31). La propuesta del Evangelio que hace Pablo, la pequeña comunidad de discípulos eran algo irrelevante en el ritmo y en la vida de aquella gran ciudad.

Los comienzos de la Iglesia de Corinto y de la misión de Pablo no se presentan como una obra exitosa, sino llena de dificultades y tal vez marcada por la indiferencia o casi el fracaso. la comunidad naciente encuentra muchas dificultades para crecer y consolidarse. Los atractivos de aquel mundo pagano hacen difícil la respuesta de la fe, aceptar el evangelio de la cruz de Cristo (1 Cor 5-7).

Escuchando los testimonios de los compañeros y de los equipos, constatamos esta experiencia en nuestra acción pastoral. La fragilidad y debilidad de nuestras comunidades, una fe todavía muy vacilante y poco arraigada en algunos cristianos, la fuerza de seducción del sistema que está arrastrando a muchos, especialmente a los más jóvenes… Sin embargo Dios mantiene viva su promesa y sigue realizando hoy su proyecto de salvación, dando alimento a cristianos aún no adultos y no maduros en la fe (1 Cor 3,1-4). Es la misma experiencia de A. Chevrier: «no somos seres abandonados de Dios…» (VD 62-63).

Estudio de Evangelio: Dios elige lo débil

Los últimos son los primeros: Abel, Isaac, Jacob, José, David, Rut

Hacer un Estudio de Evangelio: en uno de los sinópticos en la misma perspectiva

La mujer como modelo de discípulo y testigo: Ana, la madre de Samuel, Isabel, María, Samaritana, las mujeres en la Pasión y Resurrección

Mirad quiénes habéis sido elegidos: los pobres llamados a formar parte de las comunidades (En Pablo, Hechos)

CUESTIONARIO

La fuerza está realmente en la debilidad, porque el Señor escoge lo débil, lo que no cuenta (Lc 1,47-55; 10,21-22). Esto es además lo que compartimos y dialogamos:

  1. ¿Cómo vivimos la convicción de que Dios hace cosas grandes contando con la pequeñez y debilidad?
  2. ¿Qué valoración hacemos del camino que están siguiendo nuestras Iglesias y comunidades, formadas por gente pobre, débil y con pocas posibilidades?
  3. ¿Qué retos plantea a la fe y cómo son fuente de gozo y de esperanza para nosotros?

3 Hoy ha llegado la salvación a esta casa (Lc 19,9): el Hoy de Dios

El Señor realiza su obra desde la debilidad, contando con personas pequeñas e insignificantes, pero esto no es algo que aconteció en el pasado, sino que se sigue realizando en el presente, en el hoy de Dios

La mirada teologal sobre el mundo, la mirada de la fe no es simplemente una evocación de las acciones que Dios realizó en otro tiempo, sino traer al corazón la acción liberadora de Dios hoy, ya que el Señor salva, perdona, cura, reconcilia, hace justicia hoy.

Las acciones de Dios se sitúan siempre en el hoy, son actuales:

La resurrección y la encarnación, acontecimientos centrales del misterio de Cristo se nos presentan como realidades actuales, como algo que acontece hoy (Hch 13,32-33; Lc 2,10-11). Jesús es contemporáneo nuestro (TMA 10).

Los comienzos de la misión de Jesús se sitúan también en esta misma convicción de que Dios es nuestro contemporáneo, de que hoy está realizando su obra: hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4,21).

Jesús vive muy conscientemente desde el hoy del Padre en el ejercicio de la misión. La acción salvadora y liberadora del Padre se están realizando hoy, incluso con personas que se consideraban rechazadas y malditas, como nos recuerda el encuentro con Zaqueo (Lc 19,1-10), la promesa hecha al buen ladrón (Lc 23,42-43). Para estos pobres hay una salida, hay esperanza.

Nuestra misión se sitúa en la misión de Jesús, en el hoy de Dios. La semilla del Reino puede ser rechazada, pero también es acogida y da el ciento por uno. Tal vez son los que menos pensamos, los menos predispuestos desde nuestros esquemas, los que acogen la Palabra, la salvación… Por eso el Evangelio, la salvación que Dios sigue realizando, es fuente de alegría. Nosotros mismos somos testigos de esto. Zaqueo acoge a Jesús que quiere hospedarse en su casa y se llena de alegría (Lc 19,6). Los pobres, los pecadores, los gentiles que escuchan la Palabra y creen en el anuncio que hacen los apóstoles experimentan una gran alegría (Hch 8,7-8; 15,3). Algunas personas que nosotros conocemos y que nos han evangelizado y nos han contagiado su fe y su alegría.

Estudio de Evangelio: Hoy llega la salvación

«El hoy» y «el recuerda»: En el Deuteronomio

La hora de Dios: en Juan

La alegría mesiánica: en Lucas

Cómo Jesús hace presente el hoy de Dios: en Lucas

La contemporaneidad de Jesús: en Pablo

Hoy ha llegado la salvación. Esta es la gran verdad que da sentido a nuestro ser y al ministerio recibido. Es el acto de fe, que nos despoja de nuestras certezas y seguridades, que nos convierte en verdaderos colaboradores del que está realizando hoy la salvación, el alumbramiento del Reino.

  1. ¿Cómo vivimos y transmitimos la contemporaneidad de Jesús?
  2. ¿De qué manera el «Hoy de Dios» interpela e ilumina muchas de nuestras inquietudes, preocupaciones, análisis y previsiones de futuro.
  3. ¿Qué implica confiar en la acción creadora del Espíritu de Dios también cuando no vemos los resultados que esperamos?
  4. ¿Cómo los elementos constitutivos del Prado nos ayudan a «traer al corazón» la cotidianidad de Jesús?

4. La experiencia de una comunidad perseguida y acosada. Cristo ha triunfado y nos introduce en el futuro de Dios.

La Iglesia participa y es fruto de la victoria del Señor resucitado sobre el mal, sobre el pecado, sobre el mundo. Pero esta victoria la vive en la fragilidad, acosada por su propia flaqueza y también por la persecución y de quienes rechazan al Enviado del Padre y le combaten hasta la muerte.

Las comunidades del Apocalipsis presentan la victoria del Cordero a través de una gran liturgia celeste desbordante de gozo, de gloria y esplendor (Apc 4-7; 21-22). Pero al mismo tiempo reflejan también la necesidad de creer, de dar fe al Resucitado, que por la acción del Espíritu hace nuevas todas las cosas. Las comunidades tienen que librar el combate de la fe, ya que ella es quien hace efectiva la victoria sobre el mundo: Y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe (1 Jn 5,4).

La reflexión sobre este punto podemos centrarla en el camino de las comunidades del Apocalipsis. Por una parte está el triunfo del Cordero y la nueva creación, presentados como un gran banquete de bodas (Apc 21-22), la necesidad de conversión para poder vencer la incredulidad, la tentación de pactar con el espíritu del mundo (Apc 2-3) y por fin las persecuciones a causa del testimonio de Cristo, lo que entraña sufrimiento, una vida marcada por la debilidad, la irrelevancia y el menosprecio.

El Señor resucitado nos ha asociado a su triunfo. Esto es definitivo. En Cristo también nosotros hemos vencido y no hay ya vuelta atrás. Sin embargo nuestra fe aún es débil y vacilante (el futuro es visto con desconfianza, miedo etc). Como las comunidades del Apocalipsis necesitamos acoger el don de la conversión y hacer obras de penitencia para entrar en comunión plena con Jesucristo, el Cordero.

Para el Estudio de Evangelio: El futuro de Dios

Salmos de confianza: 107;

La esperanza y el gozo frente a la persecución y el desánimo: en Apocalipsis

La confianza de Pablo ante el acoso y dificultades en la misión: en 2 Cor y Hechos

Prosiguiendo en nuestra reflexión podemos intentar verificar cómo este es también el camino seguido por nuestras Iglesias y comunidades hoy. Podemos describir cómo se reflejan en su itinerario estas tres dimensiones que hemos señalado en las comunidades del Apocalipsis e intentar esbozar los caminos, los acentos y prioridades que hemos de marcar en estos momentos cruciales que nos ha tocado vivir.

CUESTIONARIO

  1. ¿Cómo se refleja en nuestras Iglesias, en nuestros grupos y comunidades cristianas la confianza en el futuro, la participación en el triunfo de Cristo, el gozo de estar salvados?
  2. ¿Cuáles son los caminos de conversión que el Señor nos marca hoy como a las comunidades del Apocalipsis?
  3. El triunfo del Cordero pasa por el sufrimiento, por ser sacrificado, por la cruz. ¿Cómo estamos asimilando la necesidad y fecundidad del sufrimiento como camino de salvación y alumbramiento de verdadera vida?

5 En la misma travesía que el mundo, llamados a compartir la alegría y sostener su esperanza en medio de las dificultades (Hch 27-28).

Ya hemos señalado que el estatuto de la Iglesia en el mundo es el de la debilidad, con frecuencia bel ir contra corriente, pero no derrotados o resignados, sino confiados y gozosos porque el Padre, que ha resucitado a su Hijo Jesucristo, quiere que no se pierda nada de lo que le ha dado, sino que lo resucite en el último día (Jn 6,39).

En medio de los grandes problemas que está viviendo y afrontando la humanidad, de manera muy especial los pobres, los últimos de los últimos ¿no suena a provocación esta palabra de Jesús y nuestra pretensión de ser testigos de su acción creadora hoy, de la victoria sobre el mal, de reinado de la justicia y de la paz?

En medio del dolor, del sufrimiento, de las guerras, de tantas injusticias, hay un camino de esperanza. Esta es la misión que el Señor nos ha encomendado. Animar y sostener la esperanza de la humanidad, la esperanza de los pobres, siendo testigos de Cristo resucitado.

La misión de la Iglesia, la misión del Prado hoy podemos contemplarla en el mismo cuadro de la travesía que realiza Pablo desde Cesarea hasta Roma (Hch 27-28).

El viaje de Pablo es una aventura llena de riesgos y graves peligros, cuyo desenlace se podía prever como un fracaso total, pero sorprendentemente llega a buen puerto. Aquí podemos ver reflejado también la travesía de la Iglesia, y en concreto el camino que el Prado está llamado a recorrer.

La travesía se va realizando en unas condiciones muy difíciles. El viento, las tormentas, la fuerza de las aguas están a punto de hundir la nave y hacer perecer a la tripulación y a lo viajeros.

En medio de la crisis y la desesperación Pablo invita a tener buen ánimo, alienta la esperanza cuando parece que ya no hay ninguna salida, que todo se acaba. Dios le ha confiado la vida de todos sus compañeros. Transmite lo que ha recibido como revelación; confiesa su fe en Dios, tiene la seguridad de que él no falla, y todo transcurrirá tal como le ha dicho.

Pablo es ante todo un testigo, un hombre que vive y confiesa la fe en Jesucristo. Esto es lo que él ofrece a sus compañeros de travesía.

La fe le lleva a ser solidarizarse con todos. Él está encadenado, pero las cadenas no son obstáculo para ejercer el ministerio de intercesión, para comunicar el amor y el cuidado que Dios tiene por los que están expuestos e indefensos ante tantos peligros…

Pablo confiesa su fe, es testigo de Jesucristo en un mundo hostil, que le tiene encadenado. He aquí un gran reto: ser testigos de Jesucristo, anunciar el Evangelio en un sociedad que considera que ha de tirar por la borda el lastre que representa la Iglesia hoy…

Estudio de Evangelio: Llamados a compartir la alegría y sostener en las dificultades

Hechos 26 y 27

Las travesías de Jesús, Pedro, los pobres… en cualquiera de los evangelios, viendo cómo son fuente de gozo y esperanza:

La travesía de Jesús

La travesía que va haciendo Pedro

La travesía de los pobres, de la muchedumbre

Como Pablo, la Iglesia hoy hace también su travesía con el mundo, que no siempre es acogedor y hospitalario, sino muchas veces indiferente u hostil.

  1. ¿Qué rasgos de la travesía de Pablo vemos reflejados en el caminar de nuestras Iglesias y cuáles nos parecen más decisivos en estos momentos?
  2. ¿Qué implicaciones tiene para la Iglesia y el para Prado caminar con el mundo, compartir su suerte, amarlo y salir a su encuentro?
  3. La audacia misionera de Pablo es también un reto a nuestra misión evangelizadora. ¿Cómo anunciar el amor y la salvación de Dios a quines no se consideran vinculados a Aquel que los ha salvado.

A la luz de este itinerario se no invita a entrar en la rica experiencia del Pueblo de Dios para hacer también nosotros la experiencia de que evangelizar a los pobres es fuente de gozo y esperanza

REFERENCIAS AL P. CHEVRIER:

VD 317-323: «No inquietarse por el porvenir»

Cartas a los seminaristas